Desafío en el proceso de percepción del self del clínico

Comentarios sobre el libro de Sandra Buechler
Dr. Juan José Bustamante Rojano.
Seminario de Sociopsicoanálisis.

“El buen yo”  es la personificación temprana que organiza la experiencia en la que las satisfacciones han sido logradas por incrementos gratificantes de ternura que alcanzan al bebé como resultado de un maternaje pleno, en el cual las cosas son como son; como consecuencia de ello y en esa medida, la madre es libre, y dirige su expresión delicada de apreciación hacia el bebé. El buen yo, así desarrollado posteriormente, es el tema de discusión cotidiana acerca del “yo”, Harry Stack Sullivan (1953, pp. 161-162).

Basándose en el modelo de la ansiedad de Sullivan, la Dra. Beuchler hace el planteamiento de que la vergüenza es para ella un equivalente de la ansiedad, proponiendo que ambas condiciones se relacionan con “momentos” negativos denominados “no yo” o “yo malo”, los cuales tienden a estar presentes durante la formación analítica y perpetuarse a través de la práctica profesional. La vergüenza, escribe Beuchler, ocurre la mayoría de las veces, en el contexto de una relación emocional, el aumento nítido en la auto atención la causa a la persona la sensación de sentirse desnudo y expuesto al mundo exterior. La vergüenza motiva a esconderse, a desaparecer, produce sentimientos de ineptitud, incapacidad y de no pertenencia (Izard). Esta experiencia ocurre con frecuencia en los escenarios analíticos, durante el adiestramiento clínico, en la supervisión, en las evaluaciones. Como si se tuviera que atravesar en el camino de convertirnos en analistas por el terreno espinoso que la Dra. Beuchler llama los juegos de vergüenza y que implican devaluar la preparación de otros colegas o dictaminar que alguien no ha sido bien analizado. Esta manera de defendernos y atacarnos entre nosotros mismos a través de la humillación es un misterio que va más allá de explicaciones como la de narcisismo de grupo por ejemplo.
La lectura de este capítulo me provoca una reflexión que dirige mi atención en dos sentidos. Una, en el sentido de la importancia que tiene la historia del desarrollo infantil, específicamente en la etapa de la crianza (los dos primeros años de vida), a propósito de la emergencia de las sensaciones y emociones primarias como son la ansiedad y la vergüenza, generadoras de estados mentales relacionados con subfuncionamientos  yoicos considerados como estados “no yo” o “yo malo” y que no pudieron ser reparados por distintas condiciones, o bien, a su repetitividad marginó al “yo bueno”, encapsulándolo. El análisis permite acercarnos a estos estados y pretender curarlos en nosotros mismos y en nuestros pacientes, y sabemos que no siempre funciona pero nos permite advertirlos como condiciones deseables o indeseables en el desempeño de nuestro trabajo, sea como analistas, maestros, supervisores y sobre todo como personas en nuestra vida cotidiana.
La otra dirección que quiero señalar es la de la descripción de un día  común y corriente de trabajo de un analista hipotético, el Dr. X. que me ha acompañado en espejo desde su lectura, porque me sentí aliviado de que todas esas vicisitudes solo pueden ocurrir en lunes. Los momentos por los que se pasa en las sesiones, las emociones acompañantes, los silencios, las palabras, nuestras asociaciones están llenas de humanidad. El psicoanálisis es una profesión imposible, inacabable, dolorosa, se le puede ejercer como un “no yo o yo malo” sin llegar a tener consciencia de ello, pero el texto tiene la virtud de mostrar que el psicoanálisis puede ser lo posible, lo necesario y lo gozoso. El libro nos invita a continuar el autoanálisis y a no perder la autocrítica.  Se antoja necesario librarnos de las emociones desagradables que acompañan nuestra formación como clínicos pero surgen las preguntas exigentes: ¿Cómo sé que no estoy gastando su tiempo y su dinero?, ¿soy un fraude? ¡No puedo pensar en algo que decir!
Cada encuentro clínico nos dice algo de nuestras cualidades interpersonales problematizadas, las cuales son una amenaza para el sentido del sí mismo. Esto parece ser el factor principal de porqué el trabajo clínico puede ser personalmente perturbador.
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